Desarrollo de las mujeres en el panorama teatral de la Ciudad de México, dentro de la Olimpiada Cultural de 1968.

Por Aleida Méndez

Durante octubre de 1968 el país fue sede de los XIX Juegos Olímpicos, donde además de ser un magno evento en el que cada año realizado reúne a los y las mejores deportistas en diferentes disciplinas, quienes buscan en sus diversas ramas ser los mejores del mundo; también, este evento en específico fue importante por diversos aspectos sociales que se relacionaron entre sí y que generaron un impacto en el contexto contemporáneo. Con repercusiones no sólo en el mundo deportivo, sino en el entorno social y evidentemente el cultural, dentro del cual las mujeres ocuparon espacios importantes, y a su vez presenciaron dificultades en el escenario teatral. 

A nivel social, la capital estaba infundada en miedo después de los actos represivos que llevaban meses suscitándose y que habían desencadenado la Matanza en la Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco. Los jóvenes estudiantes, profesores y aliados del Movimiento Estudiantil habían sido reprimidos, muchos desaparecidos y otros más asesinados en manos del ejército mexicano, quienes intentaban a toda costa mantener el orden público para dar una buena imagen a los invitados internacionales que llegarían para desarrollar las olimpiadas.  

Bajo este contexto, la situación de las mujeres en la ciudad capitalina radicaba en los cambios vertiginosos que conllevaban la nueva era moderna, donde después de la aprobación del sufragio en 1953, las libertades obtenidas escalaban a pesar del trabajo arduo y difícil, donde consiguieron muchas posibilidades sociales que en otro momento parecieran imposibles. Sobre todo en lo relacionado con la re significación del ser mujer y lo que ello implicaba; el entorno propiciaba los cuestionamientos sobre su ser personal y social, una nueva etapa de búsqueda de equidad. Tal como menciona Paco Ignacio Taibo II, en su libro sobre el año del 68 plantea que el Movimiento estudiantil y en general los movimientos sociales eran la oportunidad para muchas compañeras “de ser igual. El 68 era previo al feminismo. Era mejor que el feminismo. Era violentamente igualitario” (p. 42).

Por lo cual, la manera de percepción de las mujeres capitalinas cambió drásticamente, y evidentemente se vio reflejada en el arte que trataban de retratar. El teatro no fue la excepción, ya que contribuía a exaltar la manera en la que se expresaban y representaban, sobre todo para que algunas de ellas “repensaran su papel dentro del hogar, la calle y la universidad; su escasa preparación para hablar en público y para hacer política las empujó a reunirse para convertirse en protagonistas. Las diferencias de género en el uso de los espacios público y privado impulsó a algunas a apropiarse de ellos en sus movilizaciones y sobre todo a darse cuenta de que su rol en el espacio privado no trascendía al público, no se reconocía ni se le daba la importancia que tenía” (Jaivén, p. 153). Lo innegable es, que a pesar del impulso que significó su cuestionamiento social y las múltiples formas de reflejarlo a nivel escénico, para este entonces aún no era del todo evidente ese cambio en el plano teatral, ya que precisamente era muy difícil que las mujeres fueran visibilizadas en el ámbito público, o simplemente no se les concebía con la importancia necesaria. 

Si bien es cierto que el desarrollo de la Olimpiada Cultural, propuesta gubernamental con la finalidad de contribuir con actividades de danza, pintura, música y evidentemente teatro, propició el arte en la capital y trajo al foco múltiples exposiciones artísticas, y que la difusión y producción aumentó la distribución de espectáculos teatrales; no es sorpresa que la visibilidad femenina en este espacio se notara inequitativo, sobre todo en la exposición de dramaturgia escrita por mujeres y la dirección escénica. Gracias a la investigación en la Hemeroteca Nacional y el Archivo General de la Nación, revisando los periódicos El Nacional y El Excélsior precisamente de octubre del año en cuestión y su comparación con el primer mes del año siguiente, es decir 1969, pude obtener datos relevantes que evidencian la diferencia de género en aspectos de producción escénica. 

En octubre de 1968, de acuerdo a la cartelera expuesta en ambos periódicos, difundiendo la producción teatral expuesta en la Ciudad de México, tanto nacional como internacional, podemos encontrar un registro de cincuenta y ocho obras de teatro o propuestas escénicas diferentes, en comparación con las dieciocho obras diferentes presentadas en cartelera durante enero de 1969, donde algunas de ellas se habían estrenado previamente durante la Olimpiada Cultural.  De tal forma, el impacto cultural que generó tanto para los espectadores nacionales como extranjeros incrementó un consumo teatral considerado como un éxito, por lo cual recibió múltiples elogios y felicitaciones a los organizadores, ya que además era la “primera vez [que] se realiza paralelamente con los eventos deportivos” (De Baqueiro, p. 13). Ahora bien, del total de obras en cartelera únicamente tres de ellas fueron dirigidas por mujeres, y sólo cuatro exponían una dramaturgia femenina; contemplando en ambas categorías el único caso de Adela Fernández, quien escribió y dirigió su propia obra Espacios en el Teatro Comonfort.

Sin embargo, el impacto social que constituyó La Olimpiada Cultural no fue suficiente para mantener dichos espacios para las mujeres, ya que la caída en la producción teatral implicó que en enero de 1969 el promedio de obras disminuyera, y de las cuales ninguna de ellas fuera dirigida por alguna mujer ni se consideró a la creación escénica escrita por mujeres. Por lo que podemos notar cómo el auge y efímero momento del desarrollo de las mujeres en el panorama teatral, sobre todo en los roles que implicaban liderazgo, tales como la escritura y dirección; se desvaneció lentamente del foco social para pasar a un segundo plano menos relevante, ya que seguramente hubo muchas mujeres que persistieron en sus labores escénicas para visibilizar su trabajo, pero ¿no cómo para darle la difusión apropiada en carteleras?

Es un hecho que la era moderna y la potencialización de la capital en el contexto especificado gracias a los Juegos Olímpicos abrió las puertas para visibilizar los constructos sociales y culturales; sin embargo muchos de ellos desafortunadamente quedaron arrastrados por el remolino del olvido, o algunos otros necesitaron de mucho más tiempo para gestarse y que se les considerara relevantes y “dignos” (¿o “dignas”?) de ser expuestos al ojo público para la difusión de su trabajo. Las memorias del ayer son un punto de confluencia para reflexionar sobre nuestro presente, ¿Cuánta producción reciente está siendo desplazada por la poca difusión que se le da? Actualmente las mujeres tenemos más posibilidades de expresión, sin embargo también hay mucho camino que recorrer aún. La conciencia social que tenemos ahora es mucho mayor a los cuestionamientos que podrían siquiera imaginar las mujeres de los sesentas, así que en el momento histórico que nos atañe, cincuenta años después ¿las mujeres ya gozamos de visibilidad en puestos de liderazgo en el quehacer escénico? ¿Ya hay equidad en el número de producciones dirigidas o escritas por mujeres o seguimos siendo la minoría que trata de sobrevivir? 

Referencias Bibliográficas. 

Jaiven, Ana Lau. Emergencia y trascendencia del neofeminismo en Espinosa, Gisela y Jaivén Ana Lau. (Coord.) “Un fantasma recorre el siglo. Luchas feministas en México 1919-2010”. México: Universidad Autónoma Metropolitana Unidad Xochimilco, El Colegio de la Frontera Sur, Editorial Itaca. 2011. P. 153 (pp. 149- 180)

R. de Baqueiro, Eloisa. Resumen de la Olimpiada Cultural. Suplemento cultural a cargo de Joaquín Fernández de Córdoba. Periódico “Excélsior”. Quinta Época. 5 de enero de 1969. Número 41. 

Taibo II, Paco Ignacio, “68”. México, D.F.: Editorial Joaquín Mortíz, S.A. de C.V., 1991. (Impreso) 

Valencia, Aleida. Registro de obras en cartelera 1968-1969. Datos del Archivo General de la Nación y Hemeroteca Nacional. 

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Esta publicación forma parte del proyecto ¡Se armó el Argot con las Medeas!, el cual cuenta con el apoyo del Sistema de Apoyos a la Creación y Proyectos Culturales (SACPC) en la categoría de Fomento a Proyectos y Coinversiones Culturales (FONCA)

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