Habla de ti y hablarás del mundo.

Por Ale Aguilar

La violación siempre es un tema de mujeres, tengo cuarenta y cinco años y llevo más de treinta años escuchando a mujeres que se reunen para hablar de la violación y estoy cansada. Lo que me gustaría es ver a hombres reunirse por favor para hablar sobre ¿qué problema tienen?, ¿por qué cometen violaciones? ¿cómo lo pueden evitar? Porque nosotras no podemos. 

La violación es como un lugar oscuro donde no hay lenguaje para el hombre.

Virginie Despentes en entrevista para Broadly

Jaurías. Un retrato familiar es una puesta en escena que no ha visto la luz, sus confines se remiten a varios archivos word, una carpeta de proyecto y algunos bocetos que Natalia Sedano con mucho amor me entregó. Su estructura se compone de tres líneas conductoras; la historia de mi padre contada desde mi lugar como su hija, el viaje de tres amigas que es la historias de muchas que nos han dejado en el camino y un canto coral por mí, por nosotras y por aquellos que son nuestros padres, hermanos, tíos, primos, amigos, compañeros, colegas que son complices en el silencio, la indiferencia y la omisión; que son Jauría.

En sus varias versiones Jaurías pretende buscar en lo personal lo múltiple, el común denominador, desacralizar la muerte, el duelo, los afectos y la figura del patriarca para poder mirarlo a la cara. Es una apuesta porque el amor puede ser crítico y construirse desde el disenso, la diferencia y el cuidado al mismo tiempo. Poner lo personal al servicio de una reflexión común, de la voz de muchas hijas, madres, abuelas, nietas, sobrinas, primas, compañeras, colegas. Es un acto político de renunciar a lo especial y lo diferente, aquella ficción de lo femenino que te hace unica y singular y asumir mi historia como una que se ha repetido, una y mil veces y mi confusión, mi catarsis una vivida en colectividad, compartida.

1. *Gritar con los dedos*

Un hueco

Mi cuerpo olía a sudor, llegaba de trabajar tan exhausta, los días se habían vuelto noches frente al celular para apagar el cerebro, el cansancio y la frustración. En 2016 salía de la escuela y el futuro parecía un cliché, brillante y lleno de oportunidades. Presentaba El loco y la monja de Witckazy en el Teatro La Capilla, un mes después tenía un trabajo de recepcionista. Recuerdo que me metía al baño cuando estaba a punto de soltarme a llorar, respiraba profundo, ahogaba mis sollozos y calmaba los calambres de mi intestino producidos por la ansiedad. ¿Qué hago aquí? ¿Quién soy? Parecía una actriz abordando un nuevo personaje, una Alejandra a la que de pronto desconocía, después de veintiséis años de vivir en su piel. 

Mi padre había muerto la misma semana en que estrené El loco y la monja, y fui a hacer una entrevista de trabajo para ser recepcionista de una clínica de medicina hiperbárica presa del salto al vacío que es dedicarte a las artes, y en la que me aceptaron. 

Nunca me aferré tanto a esa frase “Todo pasa por algo”. 

El lunes hago la entrevista, me aceptan, les digo que tengo un estreno en puerta y que volveré después del jueves. Presento mi estreno, todo es felicidad. El viernes voy a mi primer día de capacitación, aun pienso que no quiero estar ahí pero mientras no encuentre algo más voy a probar. El sábado me hablan por la tarde: “tu padre se puso mal”, acabamos dando vueltas por hospitales hasta altas horas de la madrugada. El domingo voy a mi capacitación, les cuento lo de mi papá, me mandan a mi casa. El hospital queda cerca, así que voy para ver si puedo saludarlo, me quedo esperando mucho tiempo en el pasillo junto a otra señora, doctores vienen y van, algo está pasando. Salen un par de enfermeros con un envoltorio de sábanas, adivino un río de sangre en ellas. Puedo sentir el corazón palpitando de la mujer de al lado, es ella o yo. Yo siento lo peor, creo lo peor, veo lo peor. Me llaman adentro, todo son imágenes, todo sucede en otro tiempo. El doctor habla, me desmorono. No sabía que las rodillas podían hacer eso: fragmentarse, deshacerse, negarse a seguir.

Un mes, dos meses, tres meses después mis rodillas en negación me tenían allí en el baño.

No se entiende el duelo, se vive. Te atraviesa. El hueco, un hoyo, las raíces rotas, arrancadas. Nada se ve con tanta claridad como cuando te hace falta. ¿Quién era él? ¿Quién era yo? ¿Quién había sido yo todo este tiempo ¿Quién era yo sin él? No había cobijo a mi alrededor, de mi familia yo era la única que le hablaba aún a mi padre. 

En la escuela me enseñaron que el arte debía hacerse desde la herida; aplastada y arrollada por la vida, encerrada en el baño con olor a desinfectante hospitalario al borde del colapso. Tenía muy claro que por heridas no iba a parar. Me dispuse a escribir, repiré profundo, tuve miedo, volví a respirar profundo, volví a tener miedo. Como clavadista inexperta que se avienta al abismo, volví una y otra vez al borde hasta que me alcanzó la valentía, o quizá la inconsciencia, para sumergirme hondo, muy hondo.

Jaurías nació de corridito en tres días de oscuridad. 

¿Qué hay después de mirar la violencia a los ojos?

¿Qué sigue después de nombrar las heridas?

¿Cómo se camina el mundo siendo la hija de mi padre?

¿Qué significa la ausencia?

2. *Escribir desde, por y para el dolor*

Lo irrepresentable, lo indecible, el bloqueo.

Cuánta potencia hay en nombrar, decir, volcarse en letritas de luz frente a la pantalla. Si el dolor existe es aquel que me mira desde ese archivo Word. ¿Quién demonios dijo que había que escribir desde la herida? Quizás antes de escribir y ponerte artista con tu dolor, deberías ponerte una venda y ungüento,  en vez de jugar a la dramaturga y desangrarte. 

Mis manos sudan, me resbalo, aferrada a una tabla en medio del mar a merced de la creación. No puedo volver sobre mis pasos, y me pasa lo que nunca: releer mi texto me parece intolerable, por días, por meses que luego se vuelven años. A mí que nunca me asustó ·el trabajo·, voy a terapia, trabajo mi duelo, trabajo sobre mi padre, trabajo la depresión, trabajo la angustia y mientras más lo hago, la sola idea de volver sobre mis pasos, volver sobre el dolor, volver sobre la pérdida… me rebasa. 

El panorama a mi alrededor es de esplendor y calma, los rayos del medio día doran mi piel, la vista perdida en el horizonte. La amenaza no está aquí, me amenaza el si mágico de la escena. En mi pequeña tablita imagino tempestades, mis manos sudan. Me aferro a mi pobre embarcación ante la posible inmensidad del mar.

¿Cómo se navegan estas aguas?

¿Cómo platicar con los fantasmas?

¿Cómo sumergirse sin ahogarse?

El caudal de mis manos me recuerda el peligro del mar, ¿saldré con vida de este naufragio? ¿Qué es lo peor que puede pasar? Si esto es crear desde la herida ¿qué mierda de enfermos mentales es esta?.

Pienso en esto y me impresiona mi amor por la vida, quizá si fuera más cínica, más artista. Me imagino a mí misma el cóctel post estreno hablando sobre mi obra, superada, intelectual, risueña. Mis manos sudan, esa no soy yo. ¿Cuál es la distancia? ¿Cuál la embarcación para navegar el mar?

Vuelvo al horizonte, el sol sobre mí. Qué ganas de ser Rosalía sobre ese flamingo de plástico de la foto. ¿Cuáles serán sus mares?

Le doy mi texto a otros para que lo lean, la crítica es letal. Mi texto es panfletario, mi dolor es demasiado feminista y didáctico. No es lo suficientemente enigmático, dice demasiado. Mi dolor es obsceno.

Quizá soy una narcisista: ¿Por qué este afán conquistar el mar sobre una tablita? Podría escribir una chick flick, retomar una novela, o escribir de un hecho histórico. Nadie le pide mucho al teatro, nadie paga por investigar, nadie te aplaude por subirte en una tablita a navegar el mar. ¿Qué es lo que me seduce? ¿Cómo volver el terror algo placentero? ¿Por qué diablos me puse a escribir de esto en primer lugar? 

3. *Insistir*

Ascendente en tauro y la necedad, no soltar es no soltarse

La historia de Jaurías es la historia de la vida después del hueco. Un hueco tan grande que en momentos ha parecido un hoyo negro, que me consumió para luego escupirme tan vacía de tantas cosas que sólo me ha quedado llenarme. Mi padre era mi persona favorita, no sé si la más favorita. Quizá lo era para la Ale de seis años que se sentaba en su regazo a arrancarle los pelos de la oreja, pero no para la de quince a la que se volvió moneda de cambio de su divorcio con mi madre. Quizá, un poco sí, de aquella de veinte a la que le ayudó a independizarse y sí, mucho, de aquella que impulsaba a los veinticuatro y a la que le decía siempre lo orgulloso que estaba. 

A veces no soltar también es no soltarse. En los cuatro años que lleva escribiéndose Jaurías, la Ale del después ha sido muchas yo. Tengo el ascendente en Tauro y el carácter de la fregada de mi padre, como lo llama mi mamá. Soy necia como una mula y esto no sería la excepción. 

En cuatro años de escritura, Jaurías ha tenido tres versiones. Se ha leído tres veces en voz alta y otras tantas en lo oscuro. Otras muchas fue intuición, post-it sobre mi pared, una piedrita en el zapato, un recordatorio constante de lo que quería hacer. En todas las veces y todas sus formas me ha devuelto una pregunta ¿Quién soy sin la mirada de mi padre? ¿Quién soy yo? 

No sabía que sabía

No sabía quién era

No sabía que ya era

4. *Quienes seremos no se sabe*

El cambio de los tiempos, el proceso de leerme en movimiento.

Mi padre me hizo feminista. Seguramente muchas amigas feministas me mirarán con recelo por decir esto, pero no puedo entenderlo de otra forma. Mi padre me hizo feminista porque a diferencia de mi madre, me dejaba leer sin pedirme que me pusiera a hacer algo. Me pedía mi opinión y tenía largas caminatas para preguntarme cuáles eran mis impresiones  respecto a ciertos temas, me detenía cuando hablaba mal de mi madre, un gesto que nunca entendí realmente, porque tampoco es que se llevaran bien. También me hizo feminista su violencia doméstica, su andar de putas y su distancia emocional. Como dicen por ahí: Dios da, Dios quita y no, mi papá no era Dios, pero sí era un macho. Un señor hecho y derecho, de esos de antes, con sus muchos vicios y sus crueldades, pero que me escuchó y me impulso durante veintiséis años.

Todo es muy confuso cuando el amor se funde con la violencia. Eso es Jaurías, un dilema de cuatro años, una cúmulo de emociones hechas bolita. Después de la derrota como dramaturga, hay algo de estos cuatros años de leerme y releerme que me da una sensación de triunfo. Porque no todo pasa en la escena, y es que lo obsceno tiene cierta gracia, en su presencia se encuentra el borde, los acuerdos tácitos que delimitan que pertenece al mundo y que me pertenece a mí. Quizá no se trata de volver universal, porque hay momentos que en la escena solo quisiera gritar, hondo, desde muy adentro, abandonar las formas y contarlo todo, porque es válido, y lo digo yo, que soy testigo de mi historia.

Verme en el espejo de la página, ver a esa Ale del 2017 escribiendo llena de mocos. Encontrar a esa Ale de las noches del 2018, temerosa por decir palabras muy grandes, por no querer ofender, y que en esas páginas dialoga con esta Ale que escribe hoy: superada, maravillosa ;). Esa Ale de este presente con lo que este presente es hoy.

5. *Sobre cartílagos y huesos*

La distancia para escribir, el lugar de la escritura. ¿Qué cartílago se necesita para no fracturarse?

Qué lugar de monstruos es el teatro, escribo esto y recuerdo como el maestro nos llamaba protozoarios en nuestra clase de dirección. Nunca fui afecta a esa enseñanza del teatro y del arte que te hacía papilla el autoestima. No creo que la violencia te haga más fuerte. No creo en escribir desde la herida. No creo en que las artes escénicas tengan que arrollarte por encima. No creo en la trayectoria ininterrumpida.  No creo en el totém, ni en sus teorías psicoanalíticas sobre los personajes y la ficción. 

Hoy esta Ale que soy después del paso de las Jaurías, confía. Confía en su voz. Su voz didáctica y panfletaria, a veces poética, otras burda, visceral y obscena. Porque la reconstrucción de los hechos sana, porque no hay nada más importante que darle cauce al trauma, que mirarse al espejo y permitirse todo, sin juzgarse. Ha dejado de impresionarme la destreza técnica o el oficio, reconocer la propia búsqueda y darte un premio al mérito por estar aquí y escribir. Hoy creo que no tengo que sufrir para crear, que no tengo que crear para cumplirle al gremio, que los procesos toman su tiempo y su cuidado y que no hay rol más importante,no hay artistas y empleados, pues se crea desde todos lados desde la gestión, desde la producción, desde la asistencia. Que escribir toma su tiempo y que me niego a caer en el McDonalds de la escena. Porque el tiempo de otros es importante, porque hay que convocarlos para decirles cosas que realmente nos impliquen pero sin desangrarnos en el intermedio. Creo que es importante que haya una distancia sana entre el arte y yo, entre la escena y mi vida, entre el gremio y mi voz. Sanados mis cartílagos, mis rodillas ya no flaquean. Mis rodillas me sostienen y me permiten entender sobre el camino y la fluidez, sobre cambiar los pesos, distribuir el balance, sostener mi centro.

6. *Las jaurías siguen*

Como todo cambia, pero no tanto.

Por desgracia, en cuatro años el mundo no ha cambiado tanto. Las jaurías siguen aquí en todas partes pero a diferencia de hace cuatro años hoy no estamos solas. Gritamos en conjunto, nuestra moralidad se eleva sobre las calles y el espacio es nuestro. Es nuestro momento hermanas de tomar la escena.

Esta publicación forma parte del proyecto ¡Se armó el Argot con las Medeas!, el cual cuenta con el apoyo del Sistema de Apoyos a la Creación y Proyectos Culturales (SACPC) en la categoría de Fomento a Proyectos y Coinversiones Culturales (FONCA)

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