Escrituras, Medea crítica

Nuevas perspectivas para la crítica teatral

Por Zavel Castro

Ilustración de Said Galván

Emprenda, emprenda mucho,

elévese tu ingenio,

remóntese tu numen,

no aletee rastrero.

No tejas más laureles a ese contrario sexo,

que solo nuestra ruina fabrica sus trofeos….” 

Gertrudis de Hore Ley

En febrero de este año, Andrea Fajardo, Liliana Hernández Santibañez, Yuly Moscosa y Rosa Aurora Márquez Galicia, fundadoras de Medeas: Red de Jóvenes Investigadoras de la escena, me invitaron a compartir algunas reflexiones a propósito de las nuevas perspectivas posibles para la crítica teatral en México, en el marco de su Primer Festival de Jóvenes Creadoras e Investigadoras de la Escena. Me animaron a pensar qué posición podríamos tomar nosotras las mujeres críticas para mirar e interpretar de forma distinta el fenómeno escénico al que nos dedicamos. Primeramente habría que resolver: ¿distinta a quién? Para ello debemos volver sobre nuestros pasos, mirar lo que hemos hecho para imaginar lo que podríamos hacer sin la intención de establecer una ruta definitiva, porque de hacerlo volveríamos a caer en aquello que a mi parecer deberíamos abandonar: el tono autoritario con que se escribe la crítica y la ilusión de ejercer la crítica para imponer interpretaciones concluyentes.

Esta revisión al pasado estaría motivada por la necesidad apremiante de repensar los fundamentos que soportan nuestro quehacer, reconocer cuáles han caducado y cómo podríamos sustituirlos para revitalizar la potencia de la crítica teatral. Gracias a la investigación que he desarrollado durante los últimos años, he podido reconocer dos de los principales agentes que han anestesiado esta potencia: el consumo y el patriarcado. Estos agentes tienen mucho que ver con el autoritarismo, el primero nos obliga a consumir y el segundo a obedecer. Me parece que este festival fue un encuentro propicio  para concentrarme en el último.

Al observar los modelos de crítica vigentes, nos encontramos con una falta de creatividad manifiesta en la réplica de los mismos formatos de escritura. Textos repletos de impresiones subjetivas, adjetivos irreflexivos y a menudo exagerados sobre las obras, con una ausencia preocupante de argumentación.  La crítica que domina actualmente el panorama es hiperbólica, no analítica. Las mismas frases que se repiten una y otra vez con la única intención de animar a las lectoras y potenciales espectadoras a comprar un boleto, la réplica incesante de la misma terminología rimbombante mediante la cual suelen adornar y justificar los juicios sostenidos en sus criterios de gusto. Criterios que, supuestamente, son superiores a los del resto, pues se trata de criterios de un “espectador profesional” a quien, por lo general, solamente le ha bastado auto-designarse crítico para que se le conceda el derecho, o mejor dicho, la autoridad de ejercer.

Así pues, por regla general, cualquier hombre se convierte en “espectador profesional”, designándose así tras un tiempo de asistir al teatro con regularidad. Ya sea porque haya pasado por una escuela de teatro en la que hubiese estudiado para formarse como actor, dramaturgo o director, y tras fallar en ello haya encontrado en la crítica la última oportunidad para incorporarse al sistema teatral. Fíjense ustedes en el historial académico de la mayoría de los críticos en México, especialmente aquellos que escriben con un tono autoritario, porque supuestamente haber pasado por una escuela de teatro les concede mayores derechos. Pero ¿cómo pueden convencer al resto de que realmente se trata de “miradas especializadas”? Mediante el despliegue simbólico del poder. Ya sea que, a falta de poder fáctico que pudiera incidir verdaderamente en el éxito o en el prestigio de un espectáculo, decidieran conformar una asociación para otorgar premios “a nombre del público” o “a nombre de los expertos”; o bien, lo que suele ser más común, que escribiera textos que le permitan performarse como una figura de autoridad, textos que les permitan asumir el papel de jueces que califican las obras de teatro. 

Con ello, los críticos establecen una relación de poder condicionante, o al menos es lo que esperan. Que las obras y la comunidad artística se ajusten a sus caprichos, a sus gustos. Que los complazcan para obtener un veredicto favorable, un premio. Sujetar el arte a los caprichos de un individuo o de una asociación que otorga premios puede sonar absurdo, excepto cuando reparamos en que esta relación de complacencia y sumisión ha sido impuesta desde siempre en todos los ámbitos posibles por el poder patriarcal. Sería ingenuo pensar que este mecanismo no ha afectado también a la crítica. De hecho, como he escrito en otra ocasión, me parece que el ejercicio al que nos dedicamos es profundamente misógino.

Ilustración de Said Galván

Tras haber descubierto el carácter misógino de la tradición crítica en México, me resulta imposible no reconocerlo constantemente. Lo noto cuando en el mismo momento en que una mujer  pronuncia públicamente su interés por la crítica, es abordada por un grupo o por un representante de un grupo de hombres que se acercan a ella sigilosamente con la intención de controlar su discurso, exigiendo acreditaciones que no le exigen a los hombres. Porque una tiene que ganarse el derecho de auto-designarse crítica, mientras que ellos pueden decidirlo por la mañana y ser recibidos por la tarde con una calurosa bienvenida. No olvidemos nunca que la tradición de pensamiento occidental concibe a “la mujer que opina” como una criatura insubordinada, mientras que los hombres siempre han tenido el derecho de pensamiento y de cátedra.

Lo reconozco también en los talleres de crítica que imparto, cuando mis alumnos opinan con toda libertad sobre las obras que vemos o los temas que discutimos y las alumnas, en cambio, no se atreven a participar. Cuando lo hacen procuran disculparse por el atrevimiento y, antes de decir cualquier cosa, advierten que pueden estar diciendo alguna tontería o que probablemente su lectura no ha sido correcta.  Lo noto también cuando, sospechosamente, los textos que circulan con mayor rapidez son textos escritos por hombres o, lo que me parece más doloroso, por mujeres que complacen la frágil masculinidad de los artistas. Esto sucede cuando las críticas convierten sus textos en espacios de adoración fálica y alaban las “inconmensurables creaciones” de los “grandes artistas”.

Pero sobre todo lo reconozco cuando estas mujeres críticas, acostumbradas a ocupar el eterno papel de aprendices, se comportan como una caja de resonancia del discurso de los “grandes intelectuales”. Los maestros que les enseñaron cómo pensar y expresar ese pensamiento, asegurándose de que ellas hicieran eco de su percepción, porque ellos son quienes deciden lo que es teatro y lo que no, y nosotras solamente tenemos que seguir sus instrucciones. Las eternas aprendices se conforman con repetir los nombres y categorías que ellos han puesto a las cosas, porque finalmente ellos han construido el jardín del pensamiento en el que nos han dejado entrar para que cuidemos sus plantas.

¿Qué pasaría si nosotras quisiéramos cultivar nuestro propio jardín? Lo impedirían a toda costa, pues ese autoritarismo que señalé como característica principal de la crítica actual, curiosamente, es una de las propiedades distintivas del comportamiento patriarcal que se asegura de controlar el discurso, de cuidar que digamos lo que les conviene. Tratarían de convencernos de seguir citándolos. Serían amigables, condescendientes, paternalistas. Tratarían de halagarnos, al tiempo que cuestionarían nuestra construcción de saberes autónoma, alejada de lo que piensan ellos y contraria, quizá, a todo lo que por tanto tiempo nos enseñaron. Ante nuestra negativa a ceder se pondrían furiosos, nos bloquearían el camino, nos despreciarían en manada.  Fíjense bien a quiénes comparten sus amigos artistas, ¿acaso no solamente a quienes hablan bien de ellos? Analicen a quiénes apoyan los grandes maestros, ¿acaso no solamente a quienes repiten su discurso? 

En un ejercicio de honestidad que puede ser vergonzoso, tendríamos que preguntarnos cuántas veces hemos cuestionado los preceptos de estos “grandes maestros”. Acaso esto nos llevaría a reconocer que en un ejercicio de fidelidad o fanatismo (comprendo lo primero, aborrezco lo segundo) hemos aceptado como verdades todo lo que ellos han dicho del teatro, porque han sido tan convincentes, tan simpáticos y tan generosos, que han compartido sus saberes con nosotras y en nuestra esencia culposa sentimos que les debemos un favor. A lo que estamos renunciando al rechazar el ejercicio de cuestionamiento es a la esencia de la crítica, que consiste en poner en juego la facultad juiciosa de nuestra razón para evaluar y discernir, para poner en crisis el estado de las cosas.

¿Cómo hemos podido hacer crítica sin atrevernos y sin dudar de lo que otros han dicho? No hay una sola teoría que no pueda ser cuestionada. No hay un solo fundamento incapaz de resignificarse.  No hay un solo ídolo que no podamos derrumbar.

La fuerza feminista que nos anima hoy en día tendría que darnos el valor para colocarnos en esa otra posición que nos permitiera mirar distinto a ellos. Pararnos sobre la cima de los escombros de los edificios del pensamiento que debemos demoler para mirar más lejos, para construir nuestras propias visiones que trasciendan los esquemas prestablecidos por los creadores de un mundo que construyeron para ser dueños y señores, para vislumbrar y dibujar un paisaje que sea una creación de nosotras y no una imitación de sus viejas fotografías. Aprender a mirar con autonomía, concedernos el derecho a equivocarnos y a acertar con completa libertad, sin depender de una aprobación que castiga la percepción condicionada por nuestro género. Renunciar a los aplausos en manos de ellos, pues el estruendo de ese gesto eclipsa nuestra voz, por el simple hecho de no ser una imitación de la suya. No asumir nada sin haberlo cuestionado previamente, especialmente aquello que haya sido establecido por un hombre y que por ello haya sido tomado como verdad. Esas serían las premisas que yo defendería y que estaría dispuesta a asumir en comunidad para proponer una nueva perspectiva digna de nosotras: las nuevas creadoras e investigadoras de la escena.

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